CAPÍTULO VII: HACE EL INCA LA CONQUISTA DE QUITU

domingo, 19 de mayo de 2013

Capítulo VII: Hace el Inca la conquista de Quitu; hállase en ella el Príncipe Huayna Cápac
Habiendo gastado Túpac Yupanqui algunos años en la conquista de la paz, determinó hacer la conquista del reino de Quitu, por ser famoso y grande, que tiene setenta leguas de largo y treinta de ancho, tierra fértil y abundante, dispuesta para cualquier beneficio de los que se hacían para la agricultura y provecho de los naturales. Para la cual mandó apercibir cuarenta mil hombres de guerra, y con ellos se puso en Tumipampa, que está a los términos de aquel reino, de donde envió los requerimientos acostumbrados al rey Quitu, que había el mismo nombre de su tierra. El cual de su condición era bárbaro, de mucha rusticidad, y conforme a ella era áspero y belicoso, temido de todos sus comarcanos por su mucho poder, por el gran señorío que tenía. El cual, confiado en sus fuerzas, respondió con mucha soberbia diciendo que él era señor, y no quería reconocer otro ni quería leyes ajenas, que él daba a sus vasallos las que se le antojaban, ni quería dejar sus dioses, que eran de sus pasados y se hallaba bien con ellos, que eran venados y árboles grandes que les daban leña y carne para el sustento de la vida. El Inca, oída la respuesta, fue contemporizando la guerra, sin romperla de hecho, por atraerlos con caricias y afabilidad, conforme a la costumbre de sus antepasados, mas los de Quitu se mostraban tanto más soberbios cuanto más afable sentían al Inca, de lo cual se causó durar la guerra muchos meses y años, con escaramuzas, recuentros y batallas ligeras, en las cuales hubo muertos y heridos de ambas partes.
Viendo Túpac Inca Yupanqui que la conquista iba muy a la larga, envió por su hijo primogénito, llamado Huayna Cápac, que era el príncipe heredero, para que se ejercitase en la milicia. Mandó que llevase consigo doce mil hombres de guerra. Su madre, la Reina, se llamó Mama Ocllo; era hermana de su padre, según la costumbre de aquellos Reyes. Llamaron a este príncipe Huayna Cápac, que según la común interpretación de los historiadores españoles y según el sonido de la letra, quieren que diga Mozo Rico, y parece que es así, según el lenguaje común. Mas aquellos indios, en la imposición de los nombres y renombres que daban a sus Reyes, tenían (como ya hemos dicho) otro intento, otro frasis y elegancia, diferente del común lenguaje, que era mirar con atención las muestras y señales que los príncipes, cuando mozos, daban de las virtudes reales que prometían para delante; miraban también los beneficios y grandezas que hacían cuando hombres, para darles el nombre y renombre conforme a ellas; y porque este príncipe mostró desde muy mozo las realezas y magnanimidad de su ánimo, le llamaron Huayna Cápac, que en los nombres reales quiere decir: desde mozo rico de hazañas magnánimas; que por las que hizo el primer Inca Manco Cápac con sus primeros vasallos le dieron este nombre Cápac, que quiere decir rico, no de bienes de fortuna, sino de excelencia y grandezas de ánimo; y de allí quedó aplicarse este nombre solamente a las casas reales, que dicen Cápac Ayllu, que es lo generación y parentela real; Cápac Raymi llamaban a la fiesta principal del Sol, y, bajando más abajo, decían Cápac Runa, que es vasallos del rico, que se entendía por el Inca y no por otro señor de vasallos, por muchos que tuviese ni por muy rico que fuese; y así otras muchas cosas semejantes que querían engrandecer con este apellido Cápac.
Entre otras grandezas que este príncipe tuvo, con las cuales obligó a sus vasallos a que le diesen tan temprano el nombre Cápac, fue una que guardó siempre, así cuando era príncipe como después cuando fue monarca, la cual los indios estimaron sobre todas las que tuvo, y fue que jamás negó petición que mujer alguna le hiciese, de cualquiera edad, calidad y condición que fuese; y a cada una respondía conforme a la edad que tenía. A la que era mayor de días que el Inca, le decía: "Madre, hágase lo que mandas"; y a la que era igual en edad, poco más o menos, decía: "Hermana, hacerse ha lo que quieres"; y a la que era menor decía: "Hija, cumplirse ha lo que pides". Y a todas igualmente les ponía la mano derecha sobre el hombro izquierdo, en señal de favor y testimonio de la merced que les hacía. Y esta magnanimidad la tuvo tan constante, que aun en negocios de grandísima importancia, contra su propia majestad, la sustentó, como adelante veremos.
Este príncipe, que era ya de cerca de veinte años, reforzó la guerra y fue ganando el reino poco a poco, ofreciendo siempre la paz y amistad que los Incas ofrecían en sus conquistas; mas los contrarios, que eran gente rústica, mal vestida y nada política, nunca la quisieron admitir.
Túpac Inca Yupanqui, viendo la buena maña que el príncipe daba a la guerra, se volvió al Cozco, para atender al gobierno de su Imperio, dejando a Huayna Cápac absoluto poder para lo de la milicia. El cual, mediante sus buenos capitanes, ganó todo el reino en espacio de tres años, aunque los de Quitu dicen que fueron cinco; deben contar dos años o poco menos que Túpac Inca Yupanqui gastó en la conquista antes que llamase al hijo; y así dicen los indios que ambos ganaron aquel reino. Duró tanto la conquista de Quitu porque los Reyes Incas, padre e hijo, no quisieron hacer la guerra a fuego y sangre, sino que iban ganando la tierra como los naturales la iban dejando y retirándose poco a poco. Y aun dicen que durara más si al cabo de los cinco años no muriera el Rey de Quitu. El cual murió de aflicción de ver perdida la mayor parte de su principado y que no podía defender lo que quedaba ni osaba fiar de la clemencia del Príncipe ni aceptar los partidos que le ofrecía, por parecerle que su rebeldía pasada no merecía perdón ninguno. Metido en estas aflicciones y fatigado de ellas, murió aquel pobre Rey; sus capitanes se entregaron luego a merced del Inca Huayna Cápac, el cual los recibió con mucha afabilidad y les hizo merced de mucha ropa de su vestir, que era lo más estimado de los indios, y otras dádivas muy favorables; y a la gente común mandó que tratasen con mucho regalo y amistad. En suma, hizo con los de aquel reino todas las generosidades que pudo, para mostrar su clemencia y mansedumbre; y a la misma tierra mostró también el amor que le tenía por ser la primera que ganaba; que luego, como se aquietó la guerra, sin las acequias de agua y los demás beneficios ordinarios que se hacían para fertilizar el campo, mandó hacer templo para el Sol y casa de escogidas, con todo el ornamento y riqueza que las demás casas y templos tenían. En todo lo cual se aventajaron mucho aquellos indios, porque la tierra tenía mucho oro sacado para el servicio de su Rey y mucho más que después sacaron para servir al príncipe Huayna Cápac, porque le sintieron la afición que les había cobrado; la cual creció adelante en tanto grado, que le hizo hacer extremos nunca usados por los Reyes Incas, que fueron causa que su Imperio se perdiese y su sangre real se apagase y consumiese.
Huayna Cápac pasó adelante de Quitu y llegó a otra provincia llamada Quillacenca; quiere decir: nariz de hierro, porque se horadaban la ternilla que hay entre las ventanas de las narices, y traían colgando sobre los labios un joyelito de cobre o de oro o de plata, como un zarcillo; hallólos el Inca muy viles y sucios, mal vestidos y llenos de piojos que no eran para quitárselos, sin idolatría alguna, que no sabían qué cosa era adorar, si ya no dijésemos que adoraban la carne, porque son tan golosos por ella que hurtan cualquier ganado que hallan; y el caballo o yegua o cualquiera otra res que hoy hallen muerta, por muy podrida que esté, se la comen con grandísimo gusto; fueron fáciles de reducir, como gente vil, poco menos que bestias. De allí pasó el Inca a otra provincia, llamada Pastu, de gente no menos vil que la pasada, y tan contraria en el comer de la carne que de ninguna manera la comían; y apretándoles que la comiesen, decían que no eran perros. Atrajéronlos al servicio del Inca con facilidad, diéronles maestros que les enseñasen a vivir, y entre los demás beneficios que les hicieron para la vida natural, fue imponerles el tributo de los piojos, porque no se dejasen morir comidos de ellos. De Pastu fue a otra provincia llamada Otauallu, de gente más política y más belicosa que la pasada; hicieron alguna resistencia al Inca, mas luego se rindieron, porque vieron que no podían defenderse de un príncipe tan poderoso. Dejando allí la orden que convenía, pasó a otra gran provincia que ha por nombre Caranque, de gente barbarísima en vida y costumbres: adoraban tigres y leones y culebras grandes, ofrecían en sus sacrificios corazones y sangre humana, la que podían haber de sus comarcanos, que con todos ellos tenían guerra solamente por el gusto y codicia de tener enemigos que prender y matar, para comérselos.
A los principios resistieron al Inca con gran ferocidad, mas en pocos días se desengañaron y se rindieron. Huayna Cápac les dio maestros para su idolatría y vida moral; mandóles quitar los ídolos y el sacrificar sangre y comer carne humana, que fue lo que ellos más sintieron, porque eran golosísimos de ella.
Esta fue la última conquista de las provincias que por aquella banda confinaban con el reino de Quitu. 

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