Mostrando entradas con la etiqueta LIBRO SEXTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LIBRO SEXTO. Mostrar todas las entradas

CAPÍTULO XXXVI: OTRAS MUCHAS LEYES DEL INCA PACHACÚTEC, Y SUS DICHOS SENTENCIOSOS

viernes, 10 de mayo de 2013
Capítulo XXXVI: Otras muchas leyes del Inca Pachacútec, y sus dichos sentenciosos.
"En suma, este Rey, con parecer de sus Consejos, aprobó muchas leyes, derechos y estatutos, fueros y costumbres de muchas provincias y regiones, porque eran en provecho de los naturales; otras muchas quitó, que eran contrarias a la paz común y al señorío y majestad real; otras muchas instituyó de nuevo, contra los blasfemos, patricidas, fratricidas, homicidas, contra los traidores al Inca, contra los adúlteros, así hombres como mujeres, contra los que sacaban las hijas de casa de sus padres, contra los que violaban las doncellas, contra los que se atrevían a tocar las escogidas, contra los ladrones, de cualquiera cosa que fuese el hurto, contra el nefando y contra los incendiarios, contra los incestuosos en línea recta; hizo otros muchos decretos para las buenas costumbres y para las ceremonias de sus templos y sacrificios; confirmó otros muchos que halló hechos por los Incas sus antecesores, que son éstos: que los hijos obedeciesen y sirviesen a sus padres hasta los veinte y cinco años; ninguno se casase sin licencia de sus padres y de los padres de la moza; casándose sin licencia, no valiese el contrato y los hijos fuesen no legítimos; pero si después de habidos los hijos y vividos juntos los casados, alcanzasen el consentimiento y aprobación de sus padres y suegros, entonces fuese lícito el casamiento y los hijos se hiciesen legítimos. Aprobó las herencias de los estados y señoríos, conforme a la antigua costumbre de cada provincia o reino; que los jueces no pudiesen recibir cohechos de los pleiteantes. Otras muchas leyes hizo este Inca, de menos cuenta, que las dejo por escusar prolijidad. Adelante diremos las que hizo para el gobierno de los jueces, para contraer los matrimonios, para hacer los testamentos y para la milicia y para la cuenta de los años. En estos nuestros días, el visorrey Don Francisco de Toledo trocó, mudó y revocó muchas leyes y estatutos de los que este Inca estableció; los indios, admirados de su poder absoluto, le llamaron segundo Pachacútec, por decir que era reformador del primer reformador. Era tan grande la reverencia y acatamiento que tenían a aquel Inca, que hasta hoy no pueden olvidarle".
Hasta aquí es del Padre Blas Valera, que lo hallé en sus papeles rotos; lo que promete decir adelante de las leyes para los jueces, para los matrimonios y testamentos, para la milicia y la cuenta del año, se perdió, que es gran lástima. En otra hoja hallé parte de los dichos sentenciosos de este Inca Pachacútec; son los que siguen:
"Cuando los súbditos y sus capitanes y curacas obedecen de buen ánimo al Rey, entonces goza el reino de toda paz y quietud.
"La envidia es una carcoma que roe y consume las entrañas de los envidiosos.
"El que tiene envidia y es envidiado, tiene doblado tormento.
"Mejor es que otros, por ser tú bueno, te hayan envidia, que no que la hayas tú a otros por ser tú malo.
"Quien tiene envidia de otro, a sí propio se daña.
"El que tiene envidia de los buenos saca de ellos mal para sí, como hace la araña en sacar de las flores ponzoña.
"La embriaguez, la ira y locura corren igualmente; sino que las dos primeras son voluntarias y mudables y la tercera es perpetua.
"El que mata a otro sin autoridad o causa justa, a él propio se condena a muerte.
"El que mata a su semejante, necesario es que muera; por lo cual los Reyes antiguos, progenitores nuestros, instituyeron que cualquiera homiciano fuese castigado con muerte violenta, y Nos los confirmamos de nuevo.
"En ninguna manera se deben permitir ladrones; los cuales, pudiendo ganar hacienda con honesto trabajo y poseerla con buen derecho, quieren más haberla hurtando o robando; por lo cual es muy justo que sea ahorcado el que fuere ladrón.
"Los adúlteros que afean la fama y la calidad ajena y quitan la paz y la quietud a otros deben ser declarados por ladrones, y por ende condenados a muerte, sin remisión alguna.
"El varón noble y animoso es conocido por la paciencia que muestra en las adversidades.
"La impaciencia es señal de ánimo vil y bajo, mal enseñado y peor acostumbrado.
"Cuando los súbditos obedecen lo que pueden, sin contradicción alguna, deben los Reyes y gobernadores usar con ellos de liberalidad y demencia; mas, de otra manera, de rigor y justicia, pero siempre con prudencia.
"Los jueces que reciben a escondidillas las dádivas de los negociantes y pleiteantes deben ser tenidos por ladrones y castigados con muerte, como tales.
"Los gobernadores deben advertir y mirar dos cosas con mucha atención. La primera, que ellos y sus súbditos guarden y cumplan perfectamente las leyes de sus Reyes. La segunda, que se aconsejen con mucha vigilancia y cuidado para las comodidades comunes y particulares de su provincia. El indio que no sabe gobernar su casa y familia, menos sabrá gobernar la república; este tal no debe ser preferido a otros.
"El médico o herbolario que ignora las virtudes de las yerbas, o que sabiendo las de algunas no procura saber las de todas, sabe poco o nada. Conviénele trabajar hasta conocerlas todas, así las provechosas como las dañosas, para merecer el nombre que pretende.
"El que procura contar las estrellas, no sabiendo aún contar los tantos y nudos de las cuentas, digno es de risa".
Estas son las sentencias del Inca Pachacútec; decir los tantos y nudos de las cuentas fue porque, como no tuvieron letras para escribir ni cifras para contar, hacían sus cuentas con nudos y tantos. 

Read more...

CAPÍTULO XXXI: REQUIEREN A CUISMANCU; SU RESPUESTA Y CAPITULACIONES

jueves, 9 de mayo de 2013
Capítulo XXXI: Requieren a Cuismancu; su respuesta y capitulaciones.
El gran señor Cuismancu estaba apercibido de guerra, porque, como la hubiese visto en su vecindad, temiendo que los Incas habían de ir sobre sus tierras, se había apercibido para las defender. Y así, rodeado de sus capitanes, y soldados, oyó los mensajeros del Inca y respondió diciendo que no tenían sus vasallos necesidad de otro señor, que para ellos y sus tierras bastaba él solo, y que las Leyes y costumbres que guardaban eran las que sus antepasados les habían dejado; que se hallaban bien con ellas; que no tenían necesidad de otras leyes, y que no querían repudiar sus dioses, que eran muy principales, porque entre otros adoraban al Pachacámac, que, según habían oído decir, era el hacedor y sustentador del universo; que si era verdad, de fuerza había de ser mayor dios que el Sol, y que le tenían hecho templo donde le ofrecían todo lo mejor que tenían, hasta sacrificarle hombres, mujeres y niños por más le honrar, y que era tanta la veneración que le tenían, que no osaban mirarle, y así los sacerdotes y el Rey entraba[n] en su templo a le adorar, las espaldas al ídolo, y también al salir, para quitar la ocasión de alzar los ojos a él, y que también adoraban al Rímac, que era un dios que les hablaba y daba las respuestas que le pedían y les decía cosas por venir. Y asimismo adoraban la zorra, por su cautela y astucia, y que al Sol no le habían oído hablar ni sabían que hablase como su dios Rímac; y que también adoraban la Mamacocha, que era la mar, porque los mantenía con su pescado; que les bastaban los dioses que tenían; que no querían otros, y al Sol menos, porque no había menester más calor del que su tierra les daba; que suplicaban al Inca o le requerían los dejase libres, pues no tenían necesidad de su imperio.
Los Incas holgaron mucho saber que los yuncas tuviesen en tanta veneración al Pachacámac, que ellos adorasen interiormente por sumo dios. Por lo cual propusieron de no les hacer guerra, sino reducirlos por bien, con buenas razones, halagos y promesas, dejando las armas por último remedio, para cuando los regalos no aprovechasen.
Con esta determinación fueron los Incas al valle de Pachacámac. El Rey Cuismancu salió con una muy buena banda de gente, a defender su tierra. El general Cápac Yupanqui le envió a decir que tuviese por bien que no peleasen hasta que hubiesen hablado más largo acerca de sus dioses; porque le hacía saber que los Incas, demás de adorar al Sol, adoraban también al Pachacámac, y que no le hacían templos ni ofrecían sacrificios por no le haber visto ni conocerle ni saber qué cosa fuese. Pero que interiormente, en su corazón, le acataban y tenían en suma veneración, tanto que no osaban tomar su nombre en la boca sino con grandísima adoración y humildad, y que, pues los unos y los otros adoraban a un mismo Dios, no era razón que riñesen ni tuviesen guerra, sino que fuesen amigos y hermanos. Y que los Reyes Incas, demás de adorar al Pachacámac y tenerle por hacedor y sustentador del universo, tendrían de allí adelante por oráculo y cosa sagrada al Rímac, que los yuncas adoraban, y que pues los Incas se ofrecían a venerar su ídolo Rímac, que los yuncas, en correspondencia, por vía de hermandad, adorasen y tuviesen por dios al Sol, pues por sus beneficios, hermosura y resplandor, merecía ser adorado, y no la zorra ni otros animales de la tierra ni de la mar. Y que también, por vía de paz y amistad, les pedía que obedeciesen al Inca, su hermano y señor, porque era hijo del Sol, tenido por dios en la tierra. El cual, por su justicia, piedad, clemencia y mansedumbre, y por sus leyes y gobierno tan suave, era amado y querido de tantas naciones, y que muchas de ellas, por las buenas nuevas que de sus virtudes y majestad habían oído, se habían venido a sujetársele de su grado y voluntad, y que no era razón que ellos, viniendo el Inca a buscarles a sus tierras para hacerles bien, lo repudiasen. Que les encargaba mirasen todas estas cosas desapasionadamente y acudiesen a lo que la razón les dictaba, y no permitiesen hacer por fuerza, perdiendo la gracia del Inca, lo que al presente podían hacer con mucho aplauso de Su Majestad, a cuyo poder y fuerza de armas no había resistencia en la tierra.
El Rey Cuismancu y los suyos oyeron los partidos del Inca, y habiendo asentado treguas, dieron y tomaron, acerca de ellos muchos días; al fin de ellos, por la buena maña e industria de los Incas, concluyeron las paces, con las condiciones siguientes:
Que adorasen los yuncas al Sol, como los Incas. Que le hiciesen templo aparte, como al Pachacámac, donde le sacrificasen y ofreciesen sus dones, con que no fuesen de sangre humana, porque era contra ley natural matar un hombre a otro para ofrecerlo en sacrificio, lo cual se quitase totalmente. Que echasen los ídolos que había en el templo de Pachacámac, porque, siendo el hacedor y sustentador del universo, no era decente que ídolos de menos majestad estuviesen en su templo y altar, y que al Pachacámac le adorasen en el corazón y no le pusiesen estatua alguna porque, no habiendo dejado verse, no sabían qué figura tenía, y así no podían ponerle retrato como al Sol. Que para mayor ornato y grandeza del valle Pachacámac, se fundase en él casa de las vírgenes escogidas; que eran dos cosas muy estimadas de las provincias que las alcanzaban a tener, esto es, la casa del Sol y la de las vírgenes, porque en ellas semejaban al Cozco, y era lo más preciado que aquella ciudad tenía. Que el Rey Cuismancu se quedase en su señorío, como todos los demás curacas, teniendo al Inca por supremo señor; guardase y obedeciese sus leyes y costumbres. Y que los Incas tuviesen mucha estima y veneración al oráculo Rímac y mandasen a todos sus reinos hiciesen lo mismo.
Con las condiciones referidas, se asentaron las paces entre el general Cápac Yupanqui y el Rey Cuismancu, al cual se le dio noticia de las leyes y costumbres que el Inca mandaba guardar. Las cuales aceptó con mucha prontitud, porque le parecieron justas y honestas, y lo mismo las ordenanzas de los tributos que habían de pertenecer al Sol y al Inca. Las cuales cosas asentadas y puestas en orden, y dejados los ministros necesarios y la gente de guarnición para seguridad de todo lo ganado, le pareció al Inca Cápac Yupanqui volverse al Cozco, juntamente con el príncipe su sobrino, a dar cuenta al Inca su hermano de todo lo sucedido con los yuncas en sus dos conquistas, y llevar consigo al Rey Cuismancu para que el Inca le conociese e hiciese merced de su mano, porque era amigo confederado y no rendido. Y Cuismancu holgó mucho de ir a besar las manos al Inca y ver la corte y aquella famosa ciudad del Cozco.
El Inca Pachacútec, que a los principios de aquella jornada había quedado en la provincia Rucana, habiendo sabido lo bien que a su hermano le iba en la conquista de aquellas provincias de los llanos, se había vuelto a su imperial ciudad; salía de ella a recibir al hermano y al hijo con el mismo aparato de fiestas y triunfo que la vez pasada, y mayor, si mayor se pudo hacer, y habiéndolos recibido, regaló con muy buenas palabras a Cuismancu, y mandó que en el triunfo entrase entre los Incas de la sangre real, porque juntamente con ellos adoraba al Pachacámac, del cual favor quedó Cuismancu tan ufano como envidiado de todos los demás curacas.
Pasado el triunfo, hizo el Inca muchas mercedes a Cuismancu, y lo envió a su tierra lleno de favores y honra, y lo mismo a todos los que con él habían ido. Los cuales volvieron a sus tierras muy contentos, pregonando que el Inca era verdadero hijo del Sol, digno de ser adorado y servido de todo el mundo. Es de saber que luego que el demonio vio que los Incas señoreaban el valle de Pachacámac, y que su templo estaba desembarazado de los muchos ídolos que tenía, quiso hacerse particular señor de él, pretendiendo que lo tuviesen por dios no conocido, que los indios tanto honraban, para hacerse adorar de muchas maneras y vender sus mentiras más caro en unas partes que en otras. Para lo cual dio en hablar desde los rincones del templo a los sacerdotes de mayor dignidad y crédito, y les dijo que ahora que estaba solo, quería hacer merced de responder a sus demandas y preguntas; no a todas en común, sino a las de más importancia, porque a su grandeza y señorío no era decente hablar con hombres bajos y viles, sino con Reyes y grandes señores, y que al ídolo Rímac, que era su criado, mandaría que hablase a la gente común y respondiese a todo lo que le preguntasen; y así, desde entonces, quedó asentado que en el templo de Pachacámac se consultasen los negocios reales y señoriles y en el de Rímac los comunes y plebeyos; y así le confirmó aquel ídolo el nombre hablador, porque habiendo de responder a todos, le era forzoso hablar mucho. El Padre Blas Valera refiere también este paso, aunque brevemente.
Al Inca Pachacútec le pareció desistir por algunos años de las conquistas de nuevas provincias y dejar descansar las suyas, porque, con el trocar de los ejércitos, habían recibido alguna molestia. Solamente se ejercitaba en el gobierno común de sus reinos y en ilustrarlos con edificios y con leyes y ordenanzas, ritos y ceremonias que de nuevo compuso para su idolatría, reformando lo antiguo, para que cuadrase bien la significación de su nombre Pachacútec y su fama quedase eternizada de haber sido gran Rey para gobernar sus reinos y gran sacerdote para su religión y gran capitán para sus conquistas, pues ganó más provincias que ninguno de sus antepasados. Particularmente enriqueció el templo del Sol; mandó chapar las paredes con planchas de oro, no solamente las del templo, mas también las de otros aposentos y las de un claustro que en él había, que hoy vive más rico de verdadera riqueza y bienes espirituales que entonces lo estaba de oro y piedras preciosas. Porque en el mismo lugar del templo donde tenían la figura del Sol está hoy el Santísimo Sacramento, y el claustro sirve de andar por él las procesiones y fiestas que por año se le hacen. Su Eterna Majestad sea loada por todas sus misericordias. Es el convento de Santo Domingo.  

Read more...

CAPÍTULO XXX: LOS VALLES DE PACHACÁMAC Y RÍMAC Y SUS ÍDOLOS

miércoles, 8 de mayo de 2013
Capítulo XXX: Los valles de Pachacámac y Rímac y sus ídolos.
Sujetado el Rey Chuquimancu y dada orden en el gobierno, leyes y costumbres que él y los suyos habían de guardar, pasaron los Incas a conquistar los valles de Pachacámac, Rímac, Chancay y Huaman, que los españoles llaman la Barranca, que todos estos seis valles poseía un señor poderoso llamado Cuismancu que también, como el pasado, presumía llamarse Rey, aunque entre los indios no hay este nombre Rey, sino otro semejante, que es Hatun Apu, que quiere decir el gran señor. Por que no sea menester repetirlo muchas veces, diremos aquí lo que en particular hay que decir del valle de Pachacámac y de otro valle llamado Rímac, al cual los españoles, corrompiendo el nombre, llaman Lima.
Es de saber que, como en otra parte hemos dicho y adelante diremos, y como lo escriben todos los historiadores, los Incas Reyes del Perú, con la lumbre natural que Dios les dio, alcanzaron que había un Hacedor de todas las cosas, al cual llamaron Pachacámac, que quiere decir: el hacedor y sustentador del universo. Esta doctrina salió primero de los Incas y se derramó por todos sus reinos, antes y después de conquistados.
Decían que era invisible y que no se dejaba ver y por esto no le hicieron templos ni sacrificios como al Sol, mas de adorarle interiormente con grandísima veneración, según las demostraciones exteriores que con la cabeza, ojos, brazos y cuerpo hacían cuando le nombraban. Esta doctrina, habiéndose derramado por fama, la admitieron todas aquellas naciones, unas después de conquistadas y otras antes; los que más en particular la admitieron antes que los Incas los sujetaran fueron los antecesores de este Rey Cuismancu, los cuales hicieron templo al Pachacámac y dieron el mismo nombre al valle donde lo fundaron, que en aquellos tiempos fue uno de los más principales que hubo en toda aquella costa. En el templo pusieron los yuncas sus ídolos, que eran figuras de peces, entre las cuales tenían también la figura de la zorra.
Este templo del Pachacámac fue solemnísimo en edificios y servicio, y uno solo en todo el Perú, donde los yuncas hacían muchos sacrificios de animales y de otras cosas, y algunos eran con sangre humana de hombres, mujeres y niños que mataban en sus mayores fiestas, como lo hacían otras muchas provincias antes que los Incas las conquistaran; y de Pachacámac no diremos aquí más, porque en el discurso de la historia, en su propio lugar, se añadirá lo que resta por decir.
El valle de Rímac está cuatro leguas al norte de Pachacámac. El nombre Rímac es participio de presente: quiere decir: el que habla. Llamaron así al valle por un ídolo que en él hubo en figura de hombre, que hablaba y respondía a lo que le preguntaban, como el oráculo de Apolo Délfico y otros muchos que hubo en la gentilidad antigua; y porque hablaba, le llamaban el que habla, y también al valle donde estaba.
Este ídolo tuvieron los yuncas en mucha veneración, y también los Incas después que ganaron aquel hermoso valle, donde fundaron los españoles la ciudad que llaman de los Reyes, por haberse fundado el día de la Aparición del Señor, cuando se mostró a la gentilidad. De manera que Rímac o Lima o la ciudad de los Reyes, todo es una misma cosa; tiene por armas tres coronas y una estrella.
Tenían el ídolo en un templo suntuoso, aunque no tanto como el de Pachacámac, donde iban y enviaban sus embajadores los señores del Perú a consultar las cosas que se les ofrecían de importancia. Los historiadores españoles confunden el templo de Rímac con el de Pachacámac y dicen que Pachacámac era el que, hablaba, y no hacen mención de Rímac; y este error, con otros muchos que en sus historias hay semejantes, nacen de no saber la propiedad de la lengua y de no dárseles mucho por la averiguación de las cosas, y también lo pudo causar la cercanía de los valles, que no hay más de cuatro leguas pequeñas del uno al otro, y ser ambos de un mismo señor. Y esto baste para noticia de lo que hubo en aquellos valles, y que el ídolo estuvo en Rímac y no en Pachacámac, con lo cual volveremos a tratar de la conquista de ellos.
Antes que el general Cápac Yupanqui llegase con su ejército al valle Pachacámac, envió, como lo había de costumbre, sus mensajeros al Rey Cuismancu, diciendo que obedeciese al Inca Pachacútec y lo tuviese por supremo señor, y guardase sus leyes y costumbres y adorase al Sol por principal dios y echase de sus templos y casas los ídolos que tenían; donde no, que se aprestase para la guerra, porque el Inca le había de sujetar por bien o por mal, de grado o por fuerza. 

Read more...

CAPÍTULO XXII: LOS AGUEROS DE SUS SACRIFICIOS, Y FUEGO PARA ELLOS

martes, 7 de mayo de 2013
Capítulo XXII: Los agüeros de sus sacrificios, y fuego para ellos.
Tenían por felicísimo agüero si los pulmones salían palpitando, no acabados de morir, como ellos decían, y habiendo este buen agüero, aunque hubiese otros en contrario, no hacían caso de ellos. Porque decían que la bondad de este dichoso agüero vencía a la maldad y desdicha de todos los malos. Sacada la asadura, lo hinchaban de un soplo y guardaban el aire dentro, atando el cañón de la asadura o apretando con las manos, y luego miraban las vías por donde el aire entra en los pulmones y las venillas que hay por ellos, a ver si estaban muy hinchados, o poco llenos de aire, porque cuanto más hinchados, tanto más feliz era el agüero. Otras cosas miraban, que no sabré decir cuáles, porque no las noté; de las dichas me acuerdo, que miré en ellos dos veces, que como niño acerté a entrar en ciertos corrales donde indios viejos, aún no bautizados, estaban haciendo este sacrificio, no del Raymi, que cuando yo nací ya era acabado, sino en otros casos particulares en que miraban sus agüeros, y para los mirar sacrificaban los corderos y carneros, como hemos dicho del sacrificio del Raymi; porque cuanto hacían en sus sacrificios particulares era semejanza de lo que hacían en sus fiestas principales.
Tenían por infelicísimo agüero si la res, mientras le abrían el costado, se levantaba en pie, venciendo de fuerza a los que le tenían asida. Asimismo era mala señal si al arrancar del cañón de la asadura se quebraba y no salía todo entero. También era mal pronóstico que los pulmones saliesen rotos o el corazón lastimado; y otras cosas, que, como he dicho, ni las pregunté ni las noté. De éstas me acuerdo porque las oí hablar a los indios que hallé haciendo el sacrificio, preguntándose unos a otros por los buenos o malos agüeros, y no se recataban de mí por mi poca edad.
Volviendo a la solemnidad de la fiesta Raymi, decimos que si del sacrificio del cordero no salía próspero el agüero, hacían otro del carnero, y si tampoco salía dichoso, hacían otro de la oveja machorra, y cuando éste salía infeliz, no dejaban de hacer la fiesta, mas era con tristeza y llanto interior, diciendo que el Sol, su padre, estaba enojado contra ellos por alguna falta o descuido que, sin lo advertir, hubiesen cometido en su servicio.
Temían crueles guerras, esterilidad en los frutos, muerte de sus ganados y otros males semejantes. Empero, cuando los agüeros pronosticaban felicidad, era grandísimo el regocijo que en festejar su Pascua traían, por las esperanzas de los bienes venideros.
Hecho el sacrificio del cordero, traían gran cantidad de corderos, ovejas y carneros para el sacrificio común; y no lo hacían como el pasado, abriéndolos vivos, sino que llanamente los degollaban y desollaban; guardaban la sangre y el corazón de todos ellos y lo ofrecían al Sol, como el del primer cordero; quemábanlo todo hasta que se convertía en ceniza.
El fuego para aquel sacrificio había de ser nuevo, dado de mano del Sol, como ellos decían. Para el cual tomaban un brazalete grande, que llaman chipana (a semejanza de otros que comúnmente traían los Incas en la muñeca izquierda), el cual tenía el Sumo Sacerdote; era grande, más que los comunes; tenía por medalla un vaso cóncavo, como media naranja, muy bruñido; poníanlo contra el Sol, y a un cierto punto, donde los rayos que del vaso salían daban en junto, ponían un poco de algodón muy carmenado, que no supieron hacer yesca, el cual se encendía en breve espacio, porque es cosa natural. Con este fuego dado así, de mano del Sol, se quemaba el sacrificio y se asaba toda la carne de aquel día. Y del fuego llevaban al templo del Sol y a la casa de las vírgenes, donde lo conservaban todo el año, y era mal agüero apagárseles, como quiera que fuese. Si la víspera de la fiesta, que era cuando se apercibía lo necesario para el sacrificio del día siguiente, no hacía Sol para sacar el fuego nuevo, lo sacaban con dos palillos rollizos, delgados como el dedo merguerite y largos de media vara, barrenándolo uno con otro; los palillos son de color de canela; llaman u-yaca, así los palillos, como al sacar del fuego, que una misma dicción sirve de nombre y verbo. Los indios se sirven de ellos en lugar de eslabón y pedernal, y de camino los llevan para sacar fuego en las dormidas que han de hacer en despoblados, como yo lo vi muchas veces caminando con ellos, y los pastores se valen de ellos para lo mismo.
Tenían por mal agüero sacar el fuego para el sacrificio de la fiesta con aquel instrumento; decían que pues se lo negaba el Sol de su mano, estaba enojado de ellos. Toda la carne de aquel sacrificio asaban en público en las dos plazas, y la repartían por todos los que se habían hallado en la fiesta, así Incas como curacas y la demás gente común, por sus grados. Y a los unos y a los otros se la daban con el pan llamado zancu; y éste era el primer plato de su gran fiesta y banquete solemne. Luego traían otra gran variedad de manjares, que comían sin beber entre comida, porque fue costumbre universal de los indios del Perú no beber mientras comían.
De lo que hemos dicho puede haber nacido lo que algunos españoles han querido afirmar, que comulgaban estos Incas y sus vasallos como los cristianos. Lo que entre ellos había hemos contado llanamente: aseméjalo cada uno a su gusto.
Pasada la comida, les traían de beber en grandísima abundancia, que éste era uno de los vicios más notables que estos indios tenían, aunque ya el día de hoy, por la misericordia de Dios y por el buen ejemplo que los españoles en este particular les han dado, no hay indio que se emborrache, sino que lo vituperan y abominan por grande infamia, que si en todo vicio hubiera sido el ejemplo tal, hubieran sido apostólicos predicadores del Evangelio. 

Read more...

CAPÍTULO XXI: ADORABAN AL SOL, IBAN A SU CASA, SACRIFICABAN UN CORDERO

lunes, 6 de mayo de 2013
Capítulo XXI: Adoraban al Sol, iban a su casa, sacrificaban un cordero.
Prevenido lo necesario, el día siguiente, que era el de la fiesta, al amanecer, salía el Inca acompañado de toda su parentela, la cual iba por su orden, conforme a la edad y dignidad de cada uno, a la plaza mayor de la ciudad, que llaman Haucaypata. Allí esperaban a que saliese el Sol y estaban todos descalzos y con grande atención, mirando al oriente, y en asomando el Sol se ponían todos de cuclillas (que entre estos indios es tanto como ponerse de rodillas) para le adorar, y con los brazos abiertos y las manos alzadas y puestas en derecho del rostro, dando besos al aire (que es lo mismo que en España besar su propia mano o la ropa del Príncipe, cuando le reverencian), le adoraban con grandísimo afecta y reconocimiento de tenerle por su Dios y padre natural.
Los curacas, porque no eran de la sangre real, se ponían en otra plaza, pegada a la principal, que llaman Cussipata; hacían al Sol la misma adoración que los Incas. Luego el Rey se ponía en pie, quedando los demás de cuclillas, y tomaba dos grandes vasos de oro, que llaman aquilla, llenos del brebaje que ellos beben. Hacía esta ceremonia (como primogénito) en nombre de su padre el Sol, y con el vaso de la mano derecha le convidaba a beber, que era lo que el Sol había de hacer, convidando el Inca a todos sus parientes, porque eso del darse a beber unos a otros era la mayor y más ordinaria demostración que ellos tenían del beneplácito del superior para con el inferior y de la amistad de un amigo con el otro.
Hecho el convite del beber, derramaba el vaso de la mano derecha, que era dedicada al Sol, en un tinajón de oro, y del tinajón salía a un caño de muy hermosa cantería, que desde la plaza mayor iba hasta la casa del Sol, como que él se lo hubiese bebido. Y del vaso de la mano izquierda, tomaba el Inca un trago, que era su parte, y luego se repartía lo demás por los demás Incas, dando a cada uno un poco en un vaso pequeño de oro o plata que para lo recibir tenía apercibido, y de poco en poco receaban el vaso principal que el Inca había tenido, para que aquel licor primero, santificado por mano del Sol o del Inca, o de ambos a dos, comunicase su virtud al que le fuesen echando. De esta bebida bebían todos los de la sangre real, cada uno un trago. A los demás curacas, que estaban en la otra plaza, daban a beber del mismo brebaje que las mujeres del Sol habían hecho, pero no de la santificada, que era solamente para los Incas.
Hecha esta ceremonia, que era como salva de lo que después se había de beber, iban todos, por su orden, a la casa del Sol, y doscientos pasos antes de llegar a la puerta se descalzaban todos, salvo el Rey, que no se descalzaba hasta la misma puerta del templo. El Inca y los de su sangre entraban dentro, como hijos naturales, y hacían su adoración a la imagen del Sol. Los curacas, como indignos de tan alto lugar porque no eran hijos, quedaban fuera, en una gran plaza que hoy está ante la puerta del templo.
El Inca ofrecía de su propia mano los vasos de oro en que había hecho la ceremonia; los demás Incas daban sus vasos a los sacerdotes Incas que para servicio del Sol estaban nombrados y dedicados, porque a los no sacerdotes, aunque de la misma sangre del Sol (como a seglares), no les era permitido hacer oficio de sacerdotes. Los sacerdotes, habiendo ofrecido los vasos de los Incas, salían a la puerta a recibir los vasos de los curacas, los cuales llegaban por su antigüedad, como habían sido reducidos al Imperio, y daban sus vasos, y otras cosas de oro y plata que para presentar al Sol habían traído de sus tierras, como ovejas, corderos, lagartijas, sapos, culebras, zorras, tigres y leones y mucha variedad de aves; en fin, de lo que más abundancia había en sus provincias, todo contrahecho al natural en plata y oro, aunque en pequeña cantidad cada cosa.
Acabada la ofrenda, se volvían a sus plazas por su orden; luego venían los sacerdotes Incas, con gran suma de corderos, ovejas machorras y carneros de todos colores, porque el ganado natural de aquella tierra es de todos colores, como los caballos de España. Todo este ganado era del Sol. Tomaban un cordero negro, que este color fue entre estos indios antepuesto a los demás colores para los sacrificios, porque lo tenían por de mayor deidad, porque decían que la res prieta era en todo prieta, y que la blanca, aunque lo fuese en todo su cuerpo, siempre tenía el hocico prieto, lo cual era defecto, y por tanto era tenida en menos que la prieta. Y por esta razón los Reyes lo más del tiempo vestían de negro, y el de luto de ellos era el vellorí, color pardo que llaman.
Este primer sacrificio del cordero prieto era para catar los agüeros y pronósticos de su fiesta. Porque todas las cosas que hacían de importancia, así para la paz como para la guerra, casi siempre sacrificaban un cordero, para mirar y certificarse por el corazón y pulmones si era acepto al Sol, esto es, si había de ser feliz o no aquella jornada de guerra, si habían de tener buena cosecha de frutos aquel año. Para unas cosas tomaban su agüeros en un cordero, para otras en un carnero, para otras en una oveja estéril, que, cuando se dijere oveja siempre se ha de entender estéril, porque las parideras nunca las mataban, ni aun para su comer, sino cuando eran ya inútiles para criar.
Tomaban el cordero o carnero y poníanle la cabeza hacia el oriente; no les ataban las manos ni los pies, sino que lo tenían asido tres o cuatro indios: abríanle vivo por el costado izquierdo, por do metían la mano y sacaban el corazón, con los pulmones y todo el gazgorro arrancándolo con la mano y no cortándolo, y había de salir entero desde el paladar. 

Read more...

CAPÍTULO XX: LA FIESTA PRINCIPAL DEL SOL Y CÓMO SE PREPARABAN PARA ELLA

domingo, 5 de mayo de 2013
Capítulo XX: La fiesta principal del Sol y cómo se preparaban para ella.
Este nombre Raymi suena tanto como Pascua o fiesta solemne. Entre cuatro fiestas que solemnizaban los Reyes Incas en la ciudad del Cozco, que fue otra Roma, la solemnísima era la que hacían al Sol por el mes de junio, que llamaban Intip Raymi, que quiere decir la Pascua solemne del Sol, y absolutamente le llamaban Raymi, que significa lo mismo, y sí a otras fiestas llamaban con este nombre era por participación de esta fiesta, a la cual pertenecía derechamente el nombre Raymi; celebrábanla pasado el solsticio de junio.
Hacían esta fiesta al Sol en reconocimiento de tenerle y adorarle por sumo, solo y universal Dios, que con su luz y virtud criaba y sustentaba todas las cosas de la tierra.
Y en reconocimiento de que era padre natural del primer Inca Manco Cápac y de la Coya Mama Ocllo Huaco y de todos los Reyes y de sus hijos y descendientes, enviados a la tierra para el beneficio universal de las gentes, por estas causas, como ellos dicen, era solemnísima esta fiesta.
Hallábanse a ella todos los capitanes principales de guerra ya jubilados y los que no estaban ocupados en la milicia, y todos los curacas, señores de vasallos, de todo el Imperio; no por precepto que les obligase a ir a ella, sino porque ellos holgaban de hallarse en la solemnidad de tan gran fiesta; que, como contenía en sí la adoración de su Dios, el Sol, y la veneración del Inca, su Rey, no quedaba nadie que no acudiese a ella. Y cuando los curacas no podían ir por estar impedidos de vejez o de enfermedad o con negocios graves en servicio del Rey o por la mucha distancia del camino, enviaban a ella los hijos y hermanos, acompañados de los más nobles de su parentela, para que se hallasen a la fiesta en nombre de ellos. Hallábase a ella el Inca en persona, no siendo impedido en guerra forzosa o en visita del reino.
Hacía el Rey las primeras ceremonias como Sumo Sacerdote, que, aunque siempre había Sumo Sacerdote de la misma sangre, porque lo había de ser hermano o tío del Inca, de los legítimos de padre y madre, en esta fiesta, por ser particular del Sol, hacía las ceremonias el mismo Rey, como hijo primogénito de ese Sol, a quien primero y principalmente tocaba solemnizar su fiesta.
Los curacas venían con todas sus mayores galas e invenciones que podían haber: unos traían los vestidos chapados de oro y plata, y guirnaldas de lo mismo en las cabezas, sobre sus tocados.
Otros venían ni más ni menos que pintan a Hércules, vestida la piel de león y la cabeza encajada en la del indio, porque se precian los tales descender de un león.
Otros venían de la manera que pintan los ángeles, con grandes alas de un ave que llaman cúntur. Son blancas y negras, y tan grandes que muchas han muerto los españoles de catorce y quince pies de punta a punta de los vuelos; porque se jactan descender y haber sido su origen de un cúntur.
Otros traían máscaras hechas a posta, de las más abominables figuras que pueden hacer, y éstos son los yuncas. Entraban en las fiestas haciendo ademanes y visajes de locos, tontos y simples. Para lo cual traían en las manos instrumentos apropiados, como flautas, tamborinos mal concertados, pedazos de pellejos, con que se ayudaban para hacer sus tonterías.
Otros curacas venían con otras diferentes invenciones de sus blasones. Traía cada nación sus armas con que peleaban en las guerras: unos traían arcos y flechas, otros lanzas, dardos, tiraderas, porras, hondas y hachas de asta corta para pelear con una mano, y otras de asta larga, para combatir a dos manos.
Traían pintadas las hazañas que en servicio del Sol y de los Incas habían hecho; traían grandes atabales y trompetas, y muchos ministros que los tocaban; en suma, cada nación venía lo mejor arreada y más bien acompañada que podía, procurando cada uno en su tanto aventajarse de sus vecinos y comarcanos, o de todos, si pudiese.
Preparábanse todos generalmente para el Raymi del Sol con ayuno riguroso, que en tres días no comían sino un poco de maíz blanco, crudo y unas pocas de yerbas que llaman chúcam y agua simple. En todo este tiempo no encendían fuego en toda la ciudad, y se abstenían de dormir con sus mujeres.
Pasado el ayuno, la noche antes de la fiesta, los sacerdotes Incas diputados para el sacrificio entendían en apercibir los carneros y corderos que se habían de sacrificar y las demás ofrendas de comida y bebida que al Sol se había de ofrecer. Todo lo cual se prevenía sabida la gente que a la fiesta había venido, porque de las ofrendas habían de alcanzar todas las naciones, no solamente los curacas y los embajadores sino también los parientes, vasallos y criados de todos ellos.
Las mujeres del Sol entendían aquella noche en hacer grandísima cantidad de una masa de maíz que llaman zancu; hacían panecillos redondos del tamaño de una manzana común, y es de advertir que estos indios no comían nunca su trigo amasado y hecho pan sino en esta fiesta y en otra que llamaban Citua, y no comían este pan a toda la comida, sino dos o tres bocados al principio; que su comida ordinaria, en lugar de pan, es la zara tostada o cocida en grano.
La harina para este pan, principalmente lo que el Inca y los de su sangre real habían de comer, la molían y amasaban las vírgenes escogidas, mujeres del Sol, y estas mismas guisaban toda la demás vianda de aquella fiesta; porque el banquete más parecía que lo hacía el Sol a sus hijos que sus hijas a él; y por tanto guisaban las vírgenes, como mujeres que eran del Sol.
Para la demás gente común amasaban el pan y guisaban la comida otra infinidad de mujeres diputadas para esto. Empero el pan, aunque era para la comunidad, se hacía con atención y cuidado de que a lo menos la harina la tuviesen hecha doncellas porque este pan lo tenían por cosa sagrada, no permitido comerse entre año, sino en solo esta festividad, que era fiesta de sus fiestas. 

Read more...

CAPÍTULO VIII: CONTABAN POR HILOS Y NUDOS; HABÍA GRAN FIDELIDAD EN LOS CONTADORES

sábado, 4 de mayo de 2013
Indice - Comentarios Reales

Capítulo VIII: Contaban por hilos y nudos; había gran fidelidad en los contadores.
Quipu quiere decir anudar y nudo, y también se toma por la cuenta, porque los nudos la daban de toda cosa. Hacían los indios hilos de diversos colores: unos eran de un solo color, otros de dos colores, otros de tres y otros de más, porque las colores simples, y las mezcladas, todas tenían su significación de por sí; los hilos eran muy torcidos, de tres o cuatro liñuelos, y gruesos como un huso de hierro y largos de a tres cuartas de vara, los cuales ensartaban en otro hilo por su orden a la larga, a manera de rapacejos. Por los colores sacaban lo que se contenía en aquel tal hilo, como el oro por el amarillo y la plata por el blanco, y por el colorado la gente de guerra.
Las cosas que no tenían colores iban puestas por su orden, empezando de las de más calidad y procediendo hasta las de menos, cada cosa en su género como en las mieses y legumbres. Pongamos por comparación las de España: primero el trigo, luego la cebada, luego el garbanzo, haba, mijo, etc. Y también cuando daban cuenta de las armas, primero ponían las que tenían por más nobles, como lanzas, y luego dardos, arcos y flechas, porras y hachas, hondas y las demás armas que tenían. Y hablando de los vasallos, daban cuenta de los vecinos de cada pueblo, y luego en junto los de cada provincia: en el primer hilo ponían los viejos de sesenta años arriba; en el segundo los hombres maduros de cincuenta arriba y el tercero contenía los de cuarenta, y así de diez a diez años, hasta los niños de teta. Por la misma orden contaban las mujeres por las edades.
Algunos de estos hilos tenían otros hilitos delgados del mismo color, como hijuelas o excepciones de aquellas reglas generales; como digamos en el hilo de los hombres o mujeres de tal edad, que se entendían ser casados, los hilitos significaban el número de los viudos o viudas que de aquella edad había aquel año, porque estas cuentas eran anales y no daban razón más que de un año solo.
Los ñudos se daban por su orden de unidad, decena, centena, millar, decena de millar, y pocas veces o nunca pasaban a la centena de millar; porque, como cada pueblo tenía su cuenta de por sí y cada metrópoli la de su distrito, nunca llegaba el número de éstos o de aquéllos a tanta cantidad que pasase la centena de millar, que en los números que hay de allí abajo tenían harto. Mas si se ofreciera haber de contar por el número de centena de millar, también lo contaran; porque en su lenguaje pueden dar todos los números del guarismo, como él los tiene, mas porque no había para qué usar de los números mayores, no pasaban de la decena de millar. Estos números contaban por nudos dados en aquellos hilos, cada número dividido del otro; empero, los nudos de cada número estaban dados todos juntos, debajo de una vuelta, a manera de los nudos que se dan en el cordón del bienaventurado patriarca San Francisco, y podíase hacer bien, porque nunca pasaban de nueve como pasan de nueve las unidades y decenas, etc.
En lo más alto de los hilos ponían el número mayor, que era la decena de millar, y más abajo el millar, y así hasta la unidad. Los nudos de cada número y de cada hilo iban parejos unos con otros, ni más ni menos que los pone un buen contador para hacer una suma grande. Estos nudos o quipus los tenían los indios de por sí a cargo, los cuales llamaban quipucamayu: quiere decir, el que tiene cargo de las cuentas, y aunque en aquel tiempo había poca diferencia en los indios de buenos a malos, que, según su poca malicia y el buen gobierno que tenían todos se podían llamar buenos, con todo eso elegían para este oficio y para otro cualquiera los más aprobados y los que hubiesen dado más larga experiencia de su bondad. No se los daban por favor, porque entre aquellos indios jamás se usó favor ajeno, sino el de su propia virtud. Tampoco se daban vendidos ni arrendados, porque ni supieron arrendar ni comprar ni vender, porque no tuvieron moneda. Trocaban unas cosas por otras, esto es las cosas del comer, y no más, que no vendían los vestidos ni las casas ni heredades.
Con ser los quipucamayus tan fieles y legales como hemos dicho, habían de ser en cada pueblo conforme a los vecinos de él, que, por muy pequeño que fuese el pueblo, había de haber cuatro, y de allí arriba hasta veinte y treinta, y todos tenían unos mismos registros, y aunque por ser los registros todos unos mismos, bastaba que hubiera un contador o escribano, querían los Incas que hubiese muchos en cada pueblo y en cada facultad, por escusar la falsedad que podía haber entre los pocos, y decían que habiendo muchos, habían de ser todos en la maldad o ninguno. 

Read more...

CAPÍTULO VII: POSTAS Y CORREOS, Y LOS DESPACHOS QUE LLEVABAN

viernes, 3 de mayo de 2013
Indice - Comentarios Reales

Capítulo VII: Postas y correos, y los despachos que llevaban.
Chasqui llamaban a los correos que había puestos por los caminos, para llevar con brevedad los mandatos del Rey y traer las nuevas y los avisos que por sus reinos y provincias, lejos o cerca, hubiese de importancia. Para lo cual tenían a cada cuarto de legua cuatro o seis indios mozos y ligeros, los cuales estaban en dos chozas para repararse de las inclemencias del cielo. Llevaban los recaudos por su vez, ya los de una choza, ya los de la otra; los unos miraban a la una parte del camino y los otros a la otra, para descubrir los mensajeros antes que llegasen a ellos, y apercibirse para tomar el recaudo, porque no se perdiese tiempo alguno. Y para esto ponían siempre las chozas en alto, y también las ponían de manera que se viesen las unas a las otras. Estaban a cuarto de legua, porque decían que aquello era lo que un indio podía correr con ligereza y aliento, sin cansarse.
Llamáronlos chasqui, que quiere decir trocar, o dar y tomar, que es lo mismo, porque trocaban, daban y tomaban de uno en otro, y de otro en otro, los recaudos que llevaban. No les llamaron cacha, que quiere decir mensajero, porque este nombre lo daban al embajador o mensajero propio que personalmente iba del un príncipe al otro o del señor al súbdito. El recaudo o mensaje que los chasquis llevaban era de palabra, porque los indios del Perú no supieron escribir. Las palabras eran pocas y muy concertadas y corrientes, porque no se trocasen y por ser muchas no se olvidasen. El que venía con el mensaje daba voces llegando a vista de la choza, para que se apercibiese el que había de ir, como hace el correo en tocar su bocina para que le tengan ensillada la posta, y, en llegando donde le podían entender, daba su recaudo, repitiéndolo dos y tres y cuatro veces, hasta que lo entendía el que lo había de llevar, y si no lo entendía, aguardaba a que llegase y diese muy en forma su recaudo, y de esta manera pasaba de uno en otro hasta donde había de llegar.
Otros recaudos llevaban, no de palabra sino por escrito, digámoslo así, aunque hemos dicho que no tuvieron letras. Las cuales eran nudos dados en diferentes hilos de diversos colores, que iban puestos por su orden, mas no siempre de una misma manera, sino unas veces antepuesto el un color al otro y otras veces trocados al revés, y esta manera de recaudos eran cifras por las cuales se entendían el Inca y sus gobernadores para lo que había de hacer, y los nudos y las colores de los hilos significaban el número de gente, armas o vestidos o bastimento o cualquiera otra cosa que se hubiese de hacer, enviar o aprestar. A estos hilos anudados llamaban quipu (que quiere decir anudar y nudo, que sirve de nombre y verbo), por los cuales se entendían en sus cuentas. En otra parte, capítulo de por sí, diremos largamente cómo eran y de qué servían. Cuando había prisa de mensajes añadían correos, y ponían en cada posta ocho y diez y doce indios chasquis. Tenían otra manera de dar aviso por estos correos, y era haciendo ahumadas de día, de uno en otro, y llamaradas de noche. Para lo cual tenían siempre los chasquis apercibido el fuego y los hachos, y velaban perpetuamente, de noche y de día, por su rueda, para estar apercibidos para cualquiera suceso que se ofreciese. Esta manera de aviso por los fuegos era solamente cuando había algún levantamiento y rebelión de reino o provincia grande, y hacíase para que el Inca lo supiese dentro de dos o tres horas cuando mucho (aunque fuese de quinientas o seiscientas leguas de la corte), y mandase apercibir lo necesario para cuando llegase la nueva cierta de cuál provincia o reino era el levantamiento. Este era el oficio de los chasquis y los recaudos que llevaban. 

Read more...

CAPÍTULO VI: CACERÍA SOLEMNE QUE LOS REYES HACÍAN EN TODO EL REINO

jueves, 2 de mayo de 2013
Indice - Comentarios Reales

Capítulo VI: Cacería solemne que los Reyes hacían en todo el Reino.
Los Incas Reyes del Perú, entre otras muchas grandezas reales que tuvieron, fue una de ellas hacer a sus tiempos una cacería solemne, que en su lenguaje llaman chacu, que quiere decir atajar, porque atajaban la caza. Para lo cual es de saber que en todos sus reinos era vedado el cazar ningún género de caza, si no eran perdices, palomas, tórtolas y otras aves menores para la comida de los gobernadores Incas y para los curacas, y esto en poca cantidad, y no sin orden y mandado de la justicia. En todo lo demás era prohibido el cazar, porque los indios, con el deleite de la caza, no se hiciesen holgazanes y dejasen de acudir a lo necesario de sus casas y hacienda; y así no osaba nadie matar un pájaro, porque lo habían de matar a él, por quebrantador de la ley del Inca, que sus leyes no las hacían para que burlasen de ellas.
Con esta observancia en toda cosa, y en particular en la caza, había tanta, así de animales como de aves, que se entraban por las casas. Empero, no les quitaba la ley que no echasen de sus heredades y sementeras los venados, si en ellas los hallasen, porque decían que el Inca quería el venado y toda la caza para el vasallo, y no el vasallo para la caza.
A cierto tiempo del año, pasada la cría, salía el Inca a la provincia que le parecía conforme a su gusto y según que las cosas de la paz o de la guerra daban lugar. Mandaba que saliesen veinte o treinta mil indios, o más o menos, los que eran menester para el espacio de tierra que habían de atajar. Los indios se dividían en dos partes: los unos iban hacia la mano derecha y los otros a la izquierda, a la hila, haciendo un gran cerco de veinte o treinta leguas de tierra, más o menos, según el distrito que habían de cercar; tomaban los ríos, arroyos o quebradas que estaban señalados por términos y padrones de la tierra que cazaban aquel año, y no entraban en el distrito que estaba señalado para el año siguiente. Iban dando voces y ojeando cuantos animales topaban por delante, y ya sabían dónde habían de ir a parar y juntarse las dos mangas de gente para abrazar el cerco que llevaban hecho y acorralar el ganado que habían recogido; y sabían también dónde habían de ir a parar con el ojeo, que fuese tierra limpia de montes, riscos y peñas, porque no estorbasen la cacería; llegados allí, apretaban la caza con tres y cuatro paredes de indios, hasta llegar a tomar el ganado a manos.
Con la caza traían antecogidos leones y osos y muchas zorras, gatos cervales, que llaman ozcollo, que los hay de dos o tres especies, ginetas y otras sabandijas semejantes, que hacen daño en la caza. Todas las mataban luego, por limpiar el campo de aquella mala canalla. De tigres no hacemos mención, porque no los hay sino en las bravas montañas de los Antis. El número de los venados, corzos y gamos, y del ganado mayor, que llaman huanacu, que es de lana basta, y de otro que llaman vicuña, que es menor de cuerpo y de lana finísima, era muy grande; que muchas veces, y según que las tierras eran unas de más caza que otras, pasaban de veinte, treinta y cuarenta mil cabezas, cosa hermosa de ver y de mucho regocijo. Esto había entonces; ahora, digan los presentes el número de las que se han escapado del estrago y desperdicio de los arcabuces, pues apenas se hallan ya huanacus y vicuñas, sino donde ellos no han podido llegar.
Todo este ganado tomaban a manos. Las hembras del ganado cervuno, como venados, gamos y corzos, soltaban luego, porque no tenían lana que les quitar: las muy viejas, que ya no eran para criar, mataban. También soltaban los machos que les parecían necesarios para padres, y soltaban los mejores y más crecidos; todos los demás mataban, y repartían la carne a la gente común; también soltaban los huanacus y vicuñas, luego que las habían trasquilado. Tenían cuenta del número de todo este ganado bravo como si fuera manso, y en los quipus, que eran los libros anales, lo asentaban por sus especies, dividiendo los machos de las hembras. También asentaban el número de animales que habían muerto, así de las salvajinas dañosas como de las provechosas, para saber las cabezas que habían muerto y las que quedaban vivas, para ver en la cacería venidera lo que se había multiplicado.
La lana de los huanacus, porque es lana basta, se repartía a la gente común; y la de la vicuña, por ser tan estimada por su fineza, era toda para el Inca, de la cual mandaba repartir con los de su sangre real que otros no podían vestir de aquella lana so pena de la vida. También daban de ella por privilegio y merced particular a los curacas, que de otra manera tampoco podían vestir de ella. La carne de los huanacus y vicuñas que mataban se repartía toda a la gente común, y a los curacas daban su parte, y también de la de los corzos, conforme a sus familias, no por necesidad, sino por regocijo y fiesta de la cacería, por que todos alcanzasen de ella. Estas cacerías se hacían en cada distrito de cuatro en cuatro años, dejando pasar tres años de la una a la otra, porque dicen los indios que en este espacio de tiempo cría la lana de la vicuña todo lo que ha de criar, y no la querían trasquilar antes porque no perdiese de su ser, y también lo hacían porque todo aquel ganado bravo tuviese tiempo de multiplicar y no anduviese tan asombrado como anduviera si cada año lo corrieran, con menos provecho de los indios y más daño del ganado. Y porque no se dejase de hacer la cacería cada año (que parece que la habían hecho cosecha añal), tenían repartidas las provincias en tres o cuatro partes u hojas, como dicen los labradores, de manera que cada año cazaban la tierra que había holgado tres años.
Con este concierto cazaban los Incas sus tierras conservando la caza y mejorándola para adelante, y deleitándose él y su corte, y aprovechando sus vasallos con toda ella, y tenían dada la misma orden por todos sus reinos. Porque decían que se había de tratar al ganado bravo de manera que fuese tan de provecho como el manso, que no lo había criado el Pachacámac o el Sol para que fuese inútil. Y que también se habían de cazar los animales dañosos y malos para matarlos y quitarlos de entre los buenos, como escardan la mala yerba de los panes. Estas razones y otras semejantes daban los Incas de esta su cacería real llamada chacu, por las cuales se podrá ver el orden y buen gobierno que estos Reyes tenían en las cosas de más importancia, pues en la caza pasaba lo que hemos dicho. De este ganado bravo se saca la piedra bezar que traen de aquella tierra, aunque dicen que hay diferencia en la bondad de ella, que la de tal especie es mejor que toda la otra.
Por la misma orden cazaban los visorreyes y gobernadores Incas, cada uno en su provincia asistiendo ellos personalmente a la cacería, así por recrearse como por que no hubiese agravio en el repartir la carne y lana a la gente común y pobres, que eran los impedidos por vejez o larga enfermedad.
La gente plebeya en general era pobre de ganado (si no eran los Collas, que tenían mucho), y por tanto padecía necesidad de carne, que no la comían sino de merced de los curacas o de algún conejo que por mucha fiesta mataban, de los caseros que en sus casas criaban, que llaman cuy. Para socorrer esta general necesidad, mandaba el Inca hacer aquellas cacerías y repartir la carne en toda la gente común, de la cual hacían tasajos que llaman charqui, que les duraba todo el año hasta otra cacería, porque los indios fueron muy escasos en su comer, y muy avaros en guardar los tasajos.
En sus guisados comen cuantas yerbas nacen en el campo, dulces y amargas, como no sean ponzoñosas; las amargas cuecen en dos o tres aguas y las pasan al sol y las guardan para cuando no las hay verdes. No perdonan las ovas que se crían en los arroyos, que también las guardan lavadas y preparadas para sus tiempos. También comían yerbas verdes crudas, como se comen las lechugas y los rábanos, mas nunca hicieron ensalada de ellas. 

Read more...

CAPÍTULO II: CONTRAHACÍAN DE ORO Y PLATA CUANTO HABÍA, PARA ADORNAR LAS CASAS REALES

martes, 30 de abril de 2013
Indice - Comentarios Reales

Capítulo II: Contrahacían de oro y plata cuanto había, para adornar las casas reales.
En todas las casas reales tenían hechos jardines y huertos, donde el Inca se recreaba. Plantaban en ellos todos los árboles hermosos y vistosos, posturas de flores y plantas olorosas y hermosas que en el reino había, a cuya semejanza contrahacían de oro y plata muchos árboles y otras matas menores, al natural, con sus hojas, flores y frutas: unas que empezaban a brotar, otras a medio sazonar, otras del todo perfeccionadas en su tamaño. Entre estas y otras grandezas hacían maizales, contrahechos al natural con sus hojas, mazorcas y caña, con sus raíces y flor. Y los cabellos que echa la mazorca eran de oro, y todo lo demás de plata, soldado lo uno con lo otro. Y la misma diferencia hacían en las demás plantas, que la flor, o cualquiera otra cosa que amarilleaba, la contrahacían de oro y lo demás de plata.
También había animales chicos y grandes, contrahechos y vaciados de oro y plata, como eran conejos, ratones, lagartijas, culebras, mariposas, zorras, gatos monteses, que domésticos no los tuvieron. Había pájaros de todas suertes, unos puestos por los árboles, como que cantaban, otros como que estaban volando y chupando la miel de las flores. Había venados y gamos, leones y tigres y todos los demás animales y aves que en la tierra se criaban, cada cosa puesta en su lugar, como mejor contrahiciese a lo natural. En muchas casas, o en todas, tenían baños con grandes tinajones de oro y plata en que se lavaban, y caños de plata y oro, por los cuales venía el agua a los tinajones. Y donde había fuentes de agua caliente natural, también tenían baños, hechos de gran majestad y riqueza. Entre otras grandezas, tenían montones y rimeros de rajas de leña, contrahechos al natural, de oro y plata, como que estuviesen de depósito para gastar en el servicio de las casas.
La mayor parte de estas riquezas hundieron los indios luego que vieron los españoles deseosos de oro y plata, y de tal manera la escondieron, que nunca más ha aparecido ni se espera que parezca, si no es que se hallen acaso, porque se entiende que los indios que hoy viven no saben los sitios do quedaron aquellos tesoros, y que sus padres y abuelos no quisieron dejarles noticia de ellos, porque las cosas que habían sido dedicadas para el servicio de sus Reyes no querían que sirviesen a otros. Todo lo que hemos dicho del tesoro y riqueza de los Incas lo refieren generalmente todos los historiadores del Perú, encareciéndolas cada uno conforme a la relación que de ellas tuvo. Y los que más a la larga lo escriben son Pedro de Cieza de León, capítulo veintiuno, treinta y siete, cuarenta y uno, cuarenta y cuatro y noventa y cuatro, sin otros muchos lugares de su historia, y el contador general Agustín de Zárate, Libro primero, capítulo catorce, donde dice estas palabras: "Tenían en gran estima el oro, porque de ello hacía el Rey y sus principales sus vasijas para su servicio, y de ello hacían joyas para su atavío, y lo ofrecían en los templos, y traía el Rey un tablón en que se sentaba, de oro de diez y seis quilates, que valió de buen oro más de veinte y cinco mil ducados, que es el que Don Francisco Pizarro escogió por su joya al tiempo de la conquista, porque, conforme a su capitulación, le habían de dar una joya que él escogiese, fuera de la cuenta común.
"Al tiempo que le nació un hijo, el primero, mandó hacer Guainacava una maroma de oro tan gruesa (según hay muchos indios vivos que lo dicen) que, asidos a ella mas de doscientos indios, orejones, no la levantaban muy fácilmente. Y en memoria de esta tan señalada joya, llamaron al hijo Guasca, que en su lengua quiere decir soga, con el sobrenombre de Inga, que era de todos los Reyes, como los emperadores romanos se llamaban Augustos. Esto he traído aquí por desarraigar una opinión que comúnmente se ha tenido en Castilla, entre la gente que no tiene práctica en las cosas de las Indias, de que los indios no tenían en nada el oro ni conocían su valor. También tenían muchos graneros y trojes, hechas de oro y plata, y grandes figuras de hombres y mujeres y de ovejas y de todos los otros animales y todos los géneros de yerbas que nacían en aquella tierra, con sus espigas y vástigas y nudos, hechos al natural, y gran suma de mantas y hondas, entretejidas con oro tirado, y aun cierto número de leños, como los que había de quemar, hechos de oro y plata". Todas son palabras de aquel autor, con las cuales acaba el capítulo catorce de su Historia del Perú.
La joya que dice que Don Francisco Pizarro escogió, fue de aquel gran rescate que Atahuallpa dio por sí, y Pizarro, como general, podía según ley militar, tomar del montón la joya que quisiese, y aunque había otras de más precio, como tinajas y tinajones, tomó aquella porque era singular y era asiento del Rey (que sobre aquel tablón le ponían la silla), como pronosticando que el Rey de España se había de sentar en ella. De la maroma de oro diremos en la vida de Huayna Cápac, último de los Incas, que fue una cosa increíble.
Lo que Pedro de Cieza escribe de la gran riqueza del Perú, y que lo demás de ella escondieron los indios, es lo que se sigue, y es del capítulo veintiuno, sin lo que dice en los otros capítulos alegados: "Si lo que hay en el Perú y en estas tierras enterrado se sacase, no se podría numerar el valor, según es grande; y en tanto lo pondero, que es poco lo que los españoles han habido para compararlo con ello. Estando yo allí, en el Cuzco, tomando de los principales de allí la relación de los Ingas, oí decir que Paulo Inga y otros principales decían que si todo el tesoro que había en las provincias y guacas, que son sus templos, y en los enterramientos se juntase, que haría tan poca mella lo que los españoles habían sacado cuan poca se haría sacando de una gran vasija de agua una gota de ella. Y que haciendo más clara y patente la comparación, tomaban una medida de maíz, de la cual, sacando un puñado, decían: "Los cristianos han habido esto, lo demás está en tales partes que nosotros mismos no sabemos de ello". Así que grandes son los tesoros que en estas partes están perdidos, y lo que ha habido, si los españoles no lo hubieran habido, ciertamente todo ello o lo más estuviera ofrecido al diablo y a sus templos y sepulturas, donde enterraban sus difuntos; porque estos indios no lo quieren ni lo buscan para otra cosa, pues no pagan sueldo con ello a la gente de guerra ni mercan ciudades ni reinos ni quieren más que enjaezarse con ello siendo vivos, y después que son muertos llevárselo consigo. Aunque me parece a mí que todas estas cosas éramos obligados a los amonestar, que viniesen a conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, sin pretender solamente henchir las bolsas", etc. Todo esto es de Pedro de Cieza, del capítulo veintiuno, sacado a la letra sucesivamente. El Inca que llama Paulo se decía Paullu, de quien hacen mención todos los historiadores españoles: fue uno de los muchos hijos de Huayna Cápac; salió valeroso, sirvió al Rey de España en las guerras de los españoles; llamóse en el bautismo Don Cristóbal Paullu; fue su padrino de pila Garcilaso de la Vega, mi señor, y de un hermano suyo, de los legítimos en sangre, llamado Titu Auqui, el cual tomó por nombre en el bautismo Don Felipe, a devoción de Don Felipe Segundo, que era entonces Príncipe de España. Yo los conocí ambos; murieron poco después. También conocí a la madre de Paullu: llamábase Añas.
Lo que Francisco López de Gómara escribe en su Historia de la riqueza de aquellos Reyes es lo que se sigue, sacado a la letra del capítulo ciento y veintiuno: "Todo el servicio de su casa, mesa y cocina era de oro y de plata, y cuando menos de plata y cobre, por más recio. Tenía en su recámara estatuas huecas de oro, que parecían gigantes, y las figuras al propio y tamaño de cuantos animales, aves y árboles y yerbas produce la tierra, y de cuantos peces cría la mar y aguas de sus reinos. Tenía asimismo sogas, costales, cestas y trojes de oro y plata, rimeros de palos de oro, que pareciese leña rajada para quemar. En fin, no había cosa en su tierra que no la tuviese de oro contrahecha, y aun dicen que tenían los Incas un vergel, en una isla cerca de Puna, donde se iban a holgar cuando querían mar, que tenía la hortaliza, los árboles y flores de oro y plata, invención y grandeza hasta entonces nunca vista. Allende de todo esto tenía infinitísima cantidad de oro y plata por labrar en el Cozco, que se perdió por la muerte de Guáscar; que los indios lo escondieron, viendo que los españoles se lo tomaban y enviaban a España. Muchos lo han buscado después acá, y no lo hallan", etc. Hasta aquí es de Francisco López de Gómara, y el vergel que dice que los Reyes Incas tenían cerca de Puna, lo tenían en cada casa de todas las reales que había en el reino, con toda la demás riqueza que de ellas escribe, sino que, como los españoles no vieron otro vergel en pie, sino aquel que estaba por donde ellos entraron en aquel reino, no pudieron dar relación de otro. Porque luego que ellos entraron, lo descompusieron los indios y escondieron la riqueza donde nunca más ha parecido, como lo dice el mismo autor y todos los otros historiadores. La infinita cantidad de plata y oro que dice que tenían por labrar en el Cozco, allende de aquella grandeza y majestad que ha dicho de las casas reales, era lo que sobraba del ornato de ellas, que, no teniendo en qué lo ocupar, lo tenían amontonado. No se hace esto duro de creer a los que después acá han visto traer de mi tierra tanto oro y plata como se ha traído, pues sólo en el año de mil y quinientos y noventa y cinco, en espacio de ocho meses, en tres partidas entraron por la barra de San Lúcar treinta y cinco millones de plata y oro. 

Read more...

CAPÍTULO I: LA FÁBRICA Y ORNAMENTO DE LAS CASAS REALES

lunes, 29 de abril de 2013
Indice - Comentarios Reales

Capítulo I: La fábrica y ornamento de las casas reales.
El servicio y ornamenta de las casas reales de los Incas Reyes que fueron del Perú no era de menos grandeza, riqueza y majestad que todas las demás cosas magníficas que para su servicio tenían; antes parece que en algunas de ellas, como se podrá notar, excedieron a todas las cosas de los Reyes y Emperadores, que hasta hoy se sabe que hayan sido en el mundo. Cuanto a lo primero, los edificios de sus casas, templos, jardines y baños fueron en extremo pulidos, de cantería maravillosamente labrada, tan ajustadas las piedras unas con otras que no admitían mezcla, y aunque es verdad que se la echaban, era de un barro colorado (que en su lengua le llaman lláncac allpa, que es barro pegajoso) hecho leche, del cual barro no quedaba señal ninguna entre las piedras, por lo cual dicen los españoles que labraban sin mezcla; otros dicen que echaban cal, y engáñanse, porque las indios del Perú no supieron hacer cal ni yeso, teja ni ladrillo.
En muchas casas reales y templos del Sol echaron plomo derretido y plata y oro por mezcla. Pedro de Cieza, capítulo noventa y cuatro, lo dice también, que huelgo alegar los historiadores españoles para mi abono. Echábanlo para mayor majestad, lo cual fue la principal causa de la total destrucción de aquellos edificios, porque, por haber hallado estos metales en algunos de ellos, los han derribado todos, buscando oro y plata, que los edificios eran de suyo tan bien labrados y de tan buena piedra que duraran muchos siglos si los dejaran vivir. Pedro de Cieza, capítulo cuarenta y dos, y sesenta, y noventa y cuatro, dice lo mismo de los edificios, que duraran mucho si no los derribaran. Con planchas de oro chaparon los templos del Sol y los aposentos reales, dondequiera que los había; pusieron muchas figuras de hombres y mujeres, y de aves del aire y del agua, y de animales bravos, como tigres, osos, leones, zorras, perros y gatos cervales, venados, huanacus y vicuñas, y de las ovejas domésticas, todo de oro y plata, vaciado al natural en su figura y tamaño, y los ponían por las paredes, en los vacíos y concavidades que, yendo labrando, les dejaban para aquel efecto. Pedro de Cieza, capítulo cuarenta y cuatro, lo dice largamente.
Contrahacían yerbas y plantas, de las que nacen por los muros, y las ponían por las paredes, que parecía haberse nacido en ellas. Sembraban las paredes de lagartijas y mariposas, ratones y culebras grandes y chicas, que parecían andar subiendo y bajando por ellas. El Inca se sentaba de ordinario en un asiento de oro macizo, que llaman tiana: era de una tercia en alto, sin braceras ni espaldar, con algún cóncavo para el asiento; poníanla sobre un gran tablón cuadrado, de oro. Las vasijas de todo el servicio de la casa, así de la mesa como de la botillería y cocina, chicas y grandes, todas eran de oro y plata, y las había en cada casa de depósito para cuando el Rey caminase, que no las llevaban de unas partes a otras sino que cada casa de las del Inca, así las que había por los caminos reales como las que había por las provincias, todas tenían lo necesario para cuando el Inca llegase a ellas, caminando con su ejército o visitando sus reinos. Había también en estas casas reales muchos graneros y orones, que los indios llaman pirua, hechos de oro y plata, no para encerrar grano, sino para grandeza y majestad de la casa y del señor de ella.
Juntamente tenían mucha ropa de cama y de vestir, siempre nueva porque el Inca no se ponía un vestido dos veces, que luego los daba a sus parientes. La ropa de la casa toda era de mantas y frazadas de lana de vicuña, que es tan fina y tan regalada, que, entre otras cosas preciadas de aquellas tierras, se las han traído para la cama del Rey Don Felipe Segundo: echábanlas debajo y encima. No supieron o no quisieron la invención de los colchones, y puédese afirmar que no la quisieron, pues, con haberlos visto en las camas de los españoles, nunca los han querido admitir en las suyas, por parecerles demasiado regalo y curiosidad para la vida natural que ellos profesaban.
Tapices por las paredes no los usaban, porque, como se ha dicho, las entapizaban con oro y plata. La comida era abundantísima, porque se aderezaba para todos los Incas parientes que quisiesen ir a comer con el Rey y para los criados de la casa real, que eran muchos. La hora de la comida principal de los Incas y de toda la gente común era por la mañana, de las ocho a las nueve; a la noche cenaban con luz del día, livianamente, y no hacían más comidas que estas dos; fueron generalmente malos comedores, quiero decir de poco comer; en el beber fueron más viciosos; no bebían mientras comían, pero después de la comida se vengaban, porque duraba el beber hasta la noche. Esto se usaba entre los ricos, que los pobres, que era la gente común, en toda cosa tenían escasez, pero no necesidad. Acostábanse temprano, y madrugaban mucho a hacer sus haciendas. 

Read more...